Una emisión insípida
Cada año espero con ansias la celebración de los Premios Goya. Sin embargo, este 2025, la ceremonia me ha dejado con un sabor amargo. Históricamente, los Goya han sido un referente para quienes amamos el cine español, pero este año me resultó una emisión insípida. Aunque otros años sus carencias han sido compensadas con narrativas que resuenan en nuestros corazones, esta vez parecía carecer de alma. Me encontré frente a la pantalla deseando una conexión que nunca llegó, en parte porque todo se sentía desordenado e inconexo.
Un guion sin chispa
La gala de los Goya ha tenido buenos momentos en el pasado donde, a pesar de las limitaciones, el guion ofrecía cierta magia. Sin embargo, esta edición carecía de esa esencia. El humor fue casi inexistente, y los pocos intentos no lograron arrancar ni siquiera una sonrisa. Contar con figuras como Maribel Verdú y Leonor Watling sin lograr sacar provecho de su talento es indicativo de un guion que no estuvo a la altura. La ausencia de momentos entrañables y la repetición excesiva de planos nos dejó aún más desilusionados a los que esperábamos ser sorprendidos.
La crisis de las traducciones
El momento más incómodo de la noche ocurrió con el uso de la tecnología para subtitular a Richard Gere. En lugar de mostrarnos una España moderna y adaptada a las nuevas tecnologías, la traducción automática fue un fracaso monumental. Se suponía que era un toque vanguardista, pero fue incapaz de cumplir con su objetivo, dejando a muchos sin comprender el mensaje que transmitía Gere.
Esperanza entre la audiencia
A pesar de todo, la audiencia llevó a los Goya a un notable 24.4% de cuota con 2.340.000 espectadores sintonizando La 1. Esto demuestra que, incluso en un año donde la ceremonia deja mucho que desear, el interés por el cine español anima a la audiencia a asistir virtualmente. Personalmente, creo que este deseo de conexión cultural nos da esperanza para el futuro.